martes, 24 de diciembre de 2013

Huérfano de Dios




No estoy interesado en contarte nada, ni en convencerte de nada, ni en nada en concreto, tan solo escribo y comparto esto contigo en un arranque irracional de comunicación íntima entre dos personas que no se conocen pero quieren relacionarse desde la distancia y desde la cercanía de lo atípico y sin embargo presente todo el tiempo.

Tener algo que decir no implica que sea importante, sino vital, es esa experiencia puntual que todos tenemos sobre la vida y que a veces plasmamos en el papel.

Estar vivo representa el mayor desafío de toda nuestra existencia, y la necesidad de contar qué significa para cada uno estar vivo representa la forma ideal de transmitir cómo vemos los ´colores de la vida´.
Por lo tanto yo solo cuento, cuento que estoy vivo y que necesito comunicarlo, necesito decir cómo me siento y como mi mente percibe el mundo. No espero otra cosa de un experimento vivencial que este me permita observarme mientras el hastío me consume (como me ocurre hoy).

Y como quizá hayas intuido, no he necesitado de ´explicaciones sobrenaturales´ ni de ´terapias alternativas del alma o del cuerpo´ para ponerme delante del teclado y  dejar que los dedos sean el testaferro de mi mente, una mente que vacila de forma continuada y programada por su naturaleza y que ha ido depurándose desde hace miles de años.

Y escribir, escribir como fuente de lo inagotable, del placer íntimo de conectar mente y mundo, percepción y posición. No me preguntes por qué lo hago, tan solo lo hago y no necesito saber nada más. Esto es una vez más fruto del árbol de la improvisación menos improvisada que existe. Sal de la tierra fértil que se yergue para otear un horizonte inexistente.

La vida no tiene ni brazos ni piernas, no se desplaza, está presente en todo lo que existe, constituye la cualidad esencial. La vida se mueve a la velocidad de la luz e incluso más rápido, es el medio por el cual las cualidades se transmiten y llegan a ser. La vida es el mundo responsable de plasmar nuestro mundo, sombra en grises del mundo anhelado. Esas y otras percepciones antagónicas anidaron por turnos en mi mente tiempo atrás. Hoy no queda casi ni rastro de ello porque desde el silencio de la percepción pura no hay nada que decir, nada que sentir, nada de nada, y sin embargo el número de posibilidades es enorme.

Sé que no he dicho nada, que describo una habitación sin suelo, paredes o techo, que me quedo en ´tierra de nadie´. Pero no me importa, porque tan solo escribo y describo cómo me siento cuando el hastío me recorre de arriba abajo, cuando la necesidad de dejar vacía la mente me deja sin argumentos, cuando la paz es el silencio.

Tengo tanto que decirte que me faltan las palabras, la técnica, la actitud y aptitud; sin embargo no me falta la vida, que me acompaña siempre.

Quizá el estar vivo nos hace hablar de la vida como una cualidad que nos permite ser lo que somos en este instante, y no necesariamente describe el proceso pues el proceso está detrás de todo ello; así pues si describes el proceso es que estás inmerso en otro proceso. La subjetividad es nuestro sello diferenciador como especie.


Observarse es muy revelador, pues revela como vemos el mundo en ese momento.

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