jueves, 29 de agosto de 2013

Editorial: el cuarteto de cuerda

El último concierto      Info película


         Ayer vi una película excepcional. Habla de un famoso cuarteto de cuerda que pasa por una crisis profunda. El guionista, el director y los actores se esfuerzan en recrear todo lo que ocurre cuando el ´equilibrio´ aparente en el que viven se rompe en pedazos.
         
     Pero lo que hace ´especial´ para mí esta película es que te hace pensar, emocionarte, entender, porque trata algunos de los asuntos más importantes de la vida: el dolor de la pérdida de un ser querido, el miedo a la enfermedad incapacitante, el miedo al fracaso, el reprimido gregario, el amor “conveniente”, la búsqueda de la expresividad propia.
         
         Todo ello lleva a estas personas a una espiral de dolor, incomunicación, decisiones alocadas, reproches, ultimatums…
         
       Llega un momento en que ninguno de ellos hace nada por estar de acuerdo, la unidad se ha roto y nada ni nadie pueden parar este proceso. La situación les lleva a manifestar 4 posturas diferentes: el no querer seguir tocando debido a la enfermedad, el negarse a aceptar esa decisión, el querer un cambio de papeles en el cuarteto, el inmovilismo derivado de la creencia en la infalibilidad personal. Hay un quinto personaje que aporta la visión de todos ellos desde el exterior y que a su vez necesita entender su propio proceso personal para madurar y proyectarse al futuro.
         
         Para mí lo más colosal de esta película no son ni las definiciones, ni los análisis, sino la expresión del dolor más profundo que está saliendo a la superficie y que todos tenían escondido en lo más profundo de sí mismos en aras de conseguir un sonido unificador. Ahora eso ya no sirve porque ninguno está de acuerdo en cómo seguir, o si merece la pena seguir.
         
       El dolor no expresado emerge a la superficie y es reconocido, entorpece sus pensamientos, los hace titubear, los vuelve nuevamente humanos, les hace replantearse su vida entera. Sin saberlo están muriendo como grupo para, poco a poco, ir renaciendo como individuos más honestos y empáticos que no necesitarán renovar su repertorio musical porque se están convirtiendo en nuevos intérpretes aunque aún no lo saben.

Llega la noche del concierto, y el público, e incluso casi todo el cuarteto, desconocen estas intimidades y se dispone a escucharlos sin saber que en esa función se va a producir algo extraordinario, algo que deja entrever la delicada estructura que sustenta al arte, la sutil musa que enamora y tiñe los espacios con su embriagador perfume.

Se hace el silencio en la platea, se atenúan los focos, la expectación recorre todas las filas de asientos. Se palpa en el ambiente la emoción previa que arrebata los corazones de todos. El concierto está a punto de comenzar.

Y de repente, rítmicamente, salen a escena los intérpretes dispuestos a tocar como tantas veces han hecho, dispuestos a no defraudar al público que tanto los alaba pero que no les perdonaría la atonía grupal. Se hace el silencio absoluto, las últimas toses, la mirada expectante y analítica del primer violín, y a la preparadísima partitura que nunca abandona, las miradas entre ellos, la concentración, el olor a madera del escenario, el ambiente cargado por la proximidad del público, la última afinación, el miedo escénico da sus últimos coletazos…

Ellos no defraudan, interpretan cada pieza con magistral y matemática precisión; el resultado de muchas horas de ensayo deja entrever su profesionalidad, nada queda a la inspiración. El público escucha con atención, está cautivado por tanta perfección y elegancia. El concierto transcurre por los cauces de lo conocido, establecido y aceptado.

A mitad del concierto, comienzan a interpretar su pieza estrella, y justo en los primeros compases, el chelo, interpretado por el alma mater del grupo, titubea, rompe la armonía y se detiene; sus compañeros, aturdidos, también lo hacen. Se miran entre sí, no entienden nada, o quizás sí, no puede ser, la enfermedad lo ha incapacitado en semejante momento… ¿Qué hacer ahora?

Sin darles tiempo a reaccionar, el anciano maestro del chelo deja su amado instrumento a un lado con delicadeza extrema, se seca el sudor, se levanta, mira a sus compañeros esgrimiendo una enigmática sonrisa, y camina hacia un lado del escenario. Observa a todo el público con un cariño y una ternura difíciles de expresar con palabras, y se dispone a hablar aunque no tiene prisa. Dice que esa pieza es extremadamente rápida y sin posibilidad de descanso, dice que ya no puede seguir el ritmo de sus compañeros y que ha llegado el momento de dejarlo. Les agradece a todos ellos su pasión por la música y les anima a seguir con el proyecto del cuarteto, se muestra agradecido a ese público y a través de ellos a los cientos de públicos que les han seguido y animado a tocar durante tantos años. Continúa hablando de lo que le ha impulsado a tocar, que no es otra cosa que el profundo amor que ha sentido en su vida por sus seres queridos y que le ha llevado a compartir ese sentimiento expresándolo con ayuda de la música.

Alarga la mano como para saludarlos y estrecharlos entre sus brazos a todos ellos, y se lleva la otra al corazón para expresar su amor y gratitud por lo que el arte le ha dado y por lo que él le ha dado al arte; hoy son uno.

El público se levanta como impulsado por un resorte invisible y rompe a aplaudir enfervorizado, no hay palabras para describir lo que allí está sucediendo, tan sólo está sucediendo y todos lo entienden, están transportados por el gesto de ese ser humano que les está recordando la importancia de la unión más allá de todo ´ideal´, la pura unión humana que surge del compartir lo esencial, nadie pone en duda lo que allí sucede y se forma una unidad espontánea que es la única a mi juicio que verdaderamente es unidad, y que tan sólo puede vivir en ese instante. Más allá de normas, leyes, preceptos, ideas; nada de eso hace falta en ese instante porque todos entienden silenciosamente lo que está sucediendo porque son miembros de la familia humana.

Los aplausos no cesan, el intérprete se mueve hacia una de las esquinas, abre una puerta, extiende su mano, y cuando la atrae nuevamente a su cuerpo, viene acompañada de una joven y genial violonchelista de reconocida fama a la que acompaña por el escenario e invita a sentarse en su silla. Mira al público y a sus compañeros, hace otra magistral pausa, y les habla del futuro esplendoroso que les espera si ellos quieren, los anima a seguir, y se marcha en silencio aunque arropado por los aplausos del público. Poco después ocupa la última silla en la última fila del patio de butacas y con una mezcla de emoción y serenidad se dispone a disfrutar del resto del repertorio.

Los tres compañeros se miran entre sí, observan a su nueva compañera y se hace un silencio cómplice entre los cuatro que los hermana inmediatamente. El líder del cuarteto se da entonces cuenta de que nada puede seguir siendo como era y cierra su libreto de partituras matemáticamente estructuradas y revela que se dispone a tocar de memoria ante su público y compañeros, rompe con su miedo atávico, está dispuesto a lanzarse al abismo interpretativo con la única ayuda de su corazón y memoria. Los demás componentes imitan su gesto y de repente se libera aquél miedo que los atenazaba y los hacía tan ´perfectos´, ahora se arriesgan a ser únicos, irrepetibles en cada actuación y aceptan el reto.

Comienzan a tocar y se desata una pasión inconcebible entre ellos y el público que atónito los observa, haciendo suya cada nota embriagado por el natural perfume de la simplicidad, veracidad y hermosura de unas notas que surgen de sus manos, corazones y mentes.

A partir de hoy ya no hará falta estar a la altura de nada porque nunca más tocarán dos veces igual en ninguna parte. Tendrán la oportunidad de transportarse y transportar al mundo recreado por el compositor a todo aquél que desee acompañarlos. Hoy más que nunca son un cuarteto de cuerda compuesto por individuos que aportan al conjunto su riqueza personal, que están vivos, que son capaces de renacer con esplendor en cada nota, compás, armonía, movimiento.  



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