miércoles, 1 de mayo de 2013

Editorial: Ese espacio entre la acción y el pensamiento

Mi foto


            No hay mucho que decir y sin embargo siento el irresistible impulso de hacerlo. Quizá así acabe no diciendo nada, o diciendo algo, quién sabe…
           
          Es agradable sentir pasar la vida a través de uno, pero lo que es magistral es verla pasar y ser uno más dentro de ese escenario, no el que lo ve, sino uno más entre todo ese escenario. La luz, la luz es algo enigmático y  tan clarificador; nada en ella es ajeno y todo está dentro de su reino.
            
             Serenamente observo, mis latidos se tranquilizan, mi cerebro se colapsa y a la vez se vacía; no quiero otra cosa y de repente desaparece. Cuando pienso en la experiencia esta ha cesado ya.
            
             He observado hoy que el acto reflejo suele ser acertado mientras que el pensamiento que lo precede está lleno de uno, y ese uno no es uno sino la suma de lo ´recolectado´ durante la vida. En dos o tres ocasiones lo he observado hoy, con claridad meridiana, con suma atención, con inusitada calma. ¡Es tan poco común que podría ser cierto!
            
            Tienes delante a una persona que camina atolondrada, más pendiente de sus cosas que de lo que le rodea, y cuando llega a tu altura has realizado un ligero y hábil movimiento para esquivarla, inmediatamente después piensas y juzgas su actitud como solemos hacer cada uno… ¿Te reconoces?
             
              Lo que me lleva a escribir hoy es la fascinación por eso que ocurre en millonésimas de segundo y que me hace tomar la decisión más conveniente. Ese estado en el que no existe el rencor, la maledicencia, el prejuicio... Me pregunto qué pasará si después de ese estado pudiera continuar el silencio, porque está claro que el resto es casi siempre prescindible.
            
              Es muy difícil conseguir estar en silencio cotidianamente, y además observo que los pensamientos verdaderamente útiles quizá llenen unos pocos minutos de cada día. La letanía del pensamiento me suele sumir en estados cuasi hipnóticos, estados donde me desconecto de la realidad para sumirme en el ´pozo´ del pasado o en el ´cielo´ del futuro. ¿Por qué me asusta tanto el silencio? Quizá existe la creencia muy arraigada de que el silencio es una pérdida de tiempo, que no sirve para nada, que es estéril… No le damos importancia a aquello que no parece tener entidad.
            
              ¿Está vacío el vacío? ¿Qué ente separa dos partículas subatómicas? ¿Qué es aquello que existe entre la emisión de un fotón y otro?              Materia-energía, luz-oscuridad, sonido-silencio… ¿Qué es aquello que existe entre los opuestos?
           
            Observo que el silencio sepulcral no existe, siempre hay sonidos por imperceptibles que sean, siempre hay ondas pululando y esas ondas perturban el silencio. Aún así no me refiero a ese silencio físico, sino al silencio mental. ¿No nos pasará lo mismo a nosotros, no será que siempre estamos rodeados de ´ondas mentales´? ¿No significará esto que el silencio no existe como ente y que tan sólo podemos hablar de la ausencia casi total de sonidos conocidos?
            
               Cuando quiero guardar silencio observo más, oigo más, gusto más, palpo más, huelo más, ¿por qué será? Resulta que cuando guardo silencio estoy más atento a lo que me rodea y entonces comienzo a percibirlo, participo de ello, vivo con ello. Sin embargo en el preciso instante en el que actúo no ocurre nada más, tan solo actúo. Posiblemente un neurofisiólogo discrepará abiertamente argumentando que lo que allí ha ocurrido es imposible que pueda observarlo en tiempo real la consciencia. Y seguramente es así, pero ante ese fenómeno me pregunto si no estaré ante un hecho insólito que me abre las puertas de una forma diferente de conectar con la vida, de vivir la vida, de compartir la vida.
            
                Por otro lado me pregunto qué pasará si enajeno mis sentidos y me entrego de lleno a la práctica de la contemplación. ¿Es eso posible? ¿Por qué he de enajenar una parte de mí? Ya sé que muchos/as han hablado de ello durante milenios, e incluso algunos/as dicen haberlo practicado y enseñado, pero yo me lo planteo hoy, ¿es eso posible?
         
         Sinceramente te digo que no deseo enajenar ninguna parte de mí; quiero estar totalmente presente, si ello es posible, porque ´intuyo´ que aquello que sobre se quedará por el camino en el momento adecuado, mientras aquello que enajeno permanecerá encerrado y reprimido dentro de mí. No deseo aprender ninguna técnica para aislar la supuesta parte ´elevada´ de la parte ´mundana´, porque, en primer lugar no distingo tales partes, y en segundo lugar, si existen, ambas me son necesarias hoy y es con ambas con las que debo convivir; más bien me interesa aprender a convivir con lo que realmente soy, y de eso no sé casi nada porque no suelo vivir en mí sino en la sombra que proyecto.
            
                  ¿Silencio para qué? Para nada, precisamente para nada.
             


No hay comentarios:

Publicar un comentario