lunes, 5 de marzo de 2012

Percepciones (IX)


   Si no fuera porque estoy delante del teclado del ordenador te diría que estoy soñando, soñando que sueño, soñando que vivo, soñando que muero… Soñando, soñando, soñando, siempre soñando. No te digo que ahora esté despierto, sólo te digo que no se si estoy soñando. ¿Despertar para qué y por qué? Eso nos preguntamos la mayoría de nosotros, y así vivimos, y morimos, en un constante sueño repleto de escenarios conocidos.
            
           ¿Qué nos da miedo? Ese silencio incómodo entre dos sonidos, por ejemplo. No solemos estar silenciosos casi nunca, y cuando lo estamos por accidente solemos tener o inconsciencia total de lo que estamos pensando, o uno de esos momentos inspirados en los que todo adquiere un sentido pleno; en ese caso tratamos de retener ese momento para construir un nuevo escenario para soñar. Y cambiamos de escenario y seguimos soñando, soñando que vivimos, soñando que somos.
            
           Buscamos gozo interminable en nuestras vidas pero por cada minuto de plenitud existen 10.000 momentos anodinos, rutinarios, espesos, muerte enlatada nada más. ¿Es posible generar el contento permanente, o este es una trampa eficazmente diseñada para la supervivencia de la especie? ¿Por qué y para qué queremos ser felices? ¿Qué entendemos por felicidad? ¿Está relacionada con la manera de vivir o es más importante vivir, simplemente vivir?
            
           Muchos desafíos ha traído esta mente nuestra, muchas preguntas con respuestas contradictorias, muchos enfoques distintos ante tales cuestiones. ¿Son las cuestiones importantes o es importante saber cuestionarse las cosas? ¿La vida es un ente matemáticamente ordenado, o un caos sin sentido racional y dirección concreta al que la mente trata de poner orden para sobrevivir?
            
           Me temo que la mente podría estar así eones de tiempo sin llegar a ninguna conclusión definitiva. Ella es como el tiempo que se pliega sobre sí mismo, ella es el tiempo, lo crea para autoperpetuarse porque no sabe vivir de otra manera. Todo el conflicto que surge de este comportamiento es el conflicto del vivir, el conflicto del existir. El yo nace en estas aguas, es una criatura cenagosa, instintiva, egocéntrica, exclusiva, destructiva. El deseo es su combustible y la voluntad su motor. Generaciones de sabios y santos han intentado introducirse en los recovecos de la mente para tratar de vencerlo. Pero cada vez que queremos acabar con él, lo fortalecemos aún más. El “hombre común” quiere ser filósofo, el filósofo quiere ser sabio, el sabio santo, el santo desea fundirse con Dios; deseo, deseo, deseo, en una interminable escalera que no llega a ninguna parte porque ese es el objetivo del ciego, construir su propio mundo para estar seguro, para no tener miedo, para acabar con la incertidumbre que un universo en constante cambio supone…

Conocer la naturaleza del deseo es más importante que intentar acabar con él. Los opuestos perpetúan el conflicto, el sufrimiento, la angustia vital. Queremos llegar a alguna parte, llegar a ser algo, ser recordados, valorados, queridos. Ponemos nuestra energía en conseguir todo eso, pero al poco de comenzar a buscarlo comprobamos que cuando parece que estamos cerca de alcanzarlo, se desvanece, y ante esto optamos por el estatismo revestido de búsqueda. Pero ser no consiste en nada de eso, ser es nada y en esa nada se es todo; si intentas apresarlo se convierte en tiempo, se convierte en mente, en pensamiento. Quizá la solución está en vivir y morir de instante en instante, poniendo toda nuestra atención en ello, o sea, vivir con lo que es, en lugar de con lo que debería ser. El Ideal, la religión, la filosofía, la política, la virtud, no tienen cabida en un mundo en constante cambio, creativo, vivo.

¿Es posible entonces que la mente esté silenciosa, tranquila, quieta? ¿Desapareceremos como especie por hacerlo, o nos convertiremos en idiotas crónicos? ¿Por qué pensamos que esto es alienante, nada práctico, antiprogresista, una pérdida de tiempo? ¿Por qué tenemos miedo a dejar de ser lo que deberíamos, para ver con claridad lo que somos?

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