domingo, 19 de febrero de 2012

Relato experimental







Este es un relato corto que se irá completando en base a vuestra aportación vía comentario (al final de este texto verás la opción). Cada día, si puedo, lo iré actualizando para que todos podáis leerlo. Al final decidiremos el título entre tod@s. ¿Qué os parece? A mí me parece estimulante que podamos llegar a crear entre todos una obra que contenga un pedacito de cada quien. En fin, para que no se diga voy a comenzar yo mismo. 












            -          Bravo doctor, me siento mejor, dijo el paciente.
-          Me parece que ya hemos acabado por hoy, dijo el doctor.
-          Hasta la semana que viene Julián.
-          Hasta la semana que viene doctor, que pase un buen fin de semana.
-          Oh gracias, lo mismo le deseo.

-          ¡Qué ganas de quedarme solo y en silencio! ¡Qué cuesta arriba se me ha hecho esta semana! Aunque creo que últimamente todas las semanas se me hacen cuesta arriba. Será la edad, o la acumulación de responsabilidades, traumas, insatisfacciones, o todo ello junto… ¡No, por favor, más psicoanálisis no!

El doctor Francisco Jiménez, psicoterapeuta para más señas, apagó las luces de su pequeña consulta, cerró la puerta, y con paso cansino y gesto perdido en no se sabe que asuntos encaminó sus pasos hacia el zaguán del viejo edificio donde tenía aparcada su bicicleta. Se abrigó bien, se colocó el casco, quitó el candado de la bicicleta, abrió trabajosamente la vieja y pesada puerta de madera del portal y salió a la calle.

El día no invitaba demasiado a disfrutar de estar a la intemperie. Era ventoso, desapacible, frío, en fin que no le dieron muchas ganas a Fran, como le gustaba que le llamaran sus amigos, a darse un paseo extra con su bicicleta como solía hacer muchos días. Optó por utilizar la ruta más corta para ir a casa.

Estaba cansado, su mente no estaba muy lúcida, sus movimientos eran algo torpes, quería llegar a casa y pedaleó más rápido. Las personas, los coches, los árboles, los perros, y hasta el mobiliario urbano eran casi como espectros que se desvanecían rápidamente. No quería tratos con el mundo, en aquél momento no.

A medida que se alejaba de la consulta se fue despejando su mente, se sentía mejor, más ligero, más animado. A mitad de recorrido se hallaba el parque más grande de la ciudad, su extrarradio era en parte circunvalado por un gran anillo verde, compuesto por un conjunto de caminos y sendas que te conducían por pinares, pequeños montes, dos de los principales ríos, y por parajes de singular belleza no muy alejados de la ciudad. Era el “gran pulmón” del que se sentían orgullosos sus ciudadanos.

En un arranque irracional se desvió hacia el parque, y cruzándolo por completo se aventuró por esos caminos a la aventura. No tenía ni la más remota razón para hacer algo así, ni buscó ninguna, sólo se desplazaba rápidamente por uno de los senderos ligeramente empinado. Comenzaba a sudar, a sentirse vivo, sus sentidos en general se agudizaron debido a lo inusual de la situación. 

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